Cuando dejé el vestido sobre su silla, en ese instante supe que la verdad es como agua entre mis manos. Solo un espejo de mi misma que se va entre los dedos sin mero aviso.
Inquieta veinteañera que camina por el mundo buscando un inoportuno. No sabe si será la mesa de madera, el olor a roble. O si será la sal del mar o el viento del cerro.
Quizá una zamba afinada. Olvidar lo que fue. O Aceptarlo.
Por qué una semilla decide inseminar el fruto? Por qué el fruto decide dejarla entrar?
En esos momentos en la mañana en que el mundo todavía está despertándose, se rompe un vidrio, no del todo, solo se astilla. Y se dispara la luz del sol para todos lados. Ya no se si viene o si va. Ya no se si soy parte de esa luz, si soy yo la que tiene la luz, la que quiere la luz, la que imagina la luz.
Después de todo es solo presente. Pasado, no, solo presente. Futuro, tampoco, solo presente.
Y el vestido sigue colgado ahí casi perfecto como una escenografía pluscuamperfecta, sutil, la caída preciosa, el tamaño ideal, el color preciso. Pero yo estoy desnuda y eso me gusta porque el vestido es perfecto pero yo soy yo.
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