lunes, 8 de noviembre de 2010

La aparente invisible

Era tarde, llovía, había sido un día movido y estaba cansada. Decidí sentarme en mi ventana y solamente mirar que pasaba allá afuera. En frente de mi casa hay una comisaría, siempre sirenas, gritos, insultos, algún que otro golpe. Entre la lluvia y mi cansancio era difícil distinguir que acontecía en ese pequeño cuartel, una sucursal del infierno.
De a poco la lluvia fue cesando. Yo seguía con mi vaso de tinto tranquila. Era cómodo sentirse resguardada adentro de mi casita, ese mundo no tenía tanto que ver conmigo. Después de todo, solo había sido casualidad que mis padres hubieran comprado esa casa en frente a la policía.
En un instante me quedé sola y perpleja observando a una chica, parecía de mi edad. Uno año más o uno menos, no sabría decirlo. Era flaquita, estaba toda mojada, la cara lastimada y más triste que la lluvia. Era una linda chica pero estaba desvastada. Ella estaba parada en la puerta de la comisaría. Estática, dudosa. Su rostro lloraba, rendida. Se quedó abajo de la fina llovizna como veinte minutos. Miraba para abajo. Respiraba profundo amagando a entrar. Yo entendía por su mirada que algo se lo impedía.
Yo, seca, seguía en mi sillita, mirándola. La chica estaba sola, no creo que querría que alguien la viera en semejante estado. Pobre, estaba destrozada.
Me quedé un rato más contemplando ese cuadro, hasta que la chica se fué.
La aparente invisible había puesto otra víctima frente a mis ojos. Ella pasa, nos desfila, a veces disfrazada, a veces abrupta. En los más sublimes comentarios, en miradas entre unos y otros, en manos, en palos, en diferencias, en la televisión, en una tanga. Está tan presente que no la vemos.

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