Es algo simple, nada muy rebuscado. Fué esa misma tarde que me robaron en Retiro (No me enojé con vos, leer más abajo). Lo que pasó después es que nos subimos al tren sin saber hacia donde nos dirigíamos. En el trayecto íbamos un tanto apretadas porque había mucha gente, y sumando mi tendencia a hablarle de cerca a la gente, mi amiga me pidió que le diera un poco de espacio personal. Terminamos bajando en la estación de Martinez, eran como las cuatro de la tarde. Caminamos hacia el rio. Había un paradero tentador. Un bar y el rio todito para nosotras. Nos sentamos con las patitas colgando por el precipicio y miramos el horizonte rioplatense. Callamos un rato. Después hablamos, como siempre, con toda la sinceridad, casi con lágrimas en los ojos, con la voz casi susurrando por la delicadeza de nuestra conversación. Con esta amiga pudimos ser muy sinceras. Nos pudimos decir cuando nuestros propios límites no nos dejan escuchar a la otra, cuando nos queremos matar. Todo es bienvenido en la conversación. Si habremos tomado cervezas confesando los deseos de felicidad de cada una, los caminos que queremos tomar, los puntos de vista. Todo esto con una apertura increíble y auténtica.
La cuestión es que nos pasamos la tarde hablando en frente del rio, después nos morfamos un tostado y una birra, y nos volvimos a tomar el tren al centro. Solo me acordé de esto, y lo quería compartir.
Gracias Eugenita!!!!
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