
La inocencia, la ternura, la transparencia, la simpleza, una cuota de picardía. Entregada a los brazos que la reciben. Si quiere dice que si, si quiere dice que no. No tiene nada que demostrar, nada que esconder. Confía, llora, ríe, grita. Incluso hasta me pone límites. A veces, se los pone a ella. Se identifica, se defiende. No le molesta a veces no entenderme, o no poder hacerse entender. Tiene algunos mecanismos de defensa, prematuros. Los usa por pura humanidad. Se muestra necesitada. Se compadece. Me copia, copia a otros. Sabe amar, sabe pedir permiso, perdón, ayuda...
Pero si hay algo que la describe es lo que vi cuando la llevé al zoológico. Emprendimos la travesía una mañana de un día corriente de la semana. Caminamos hasta las heras, un poco a upa, otro poco caminando, ya no pesa tres kilos. Nos subimos al colectivo y tardó un poquito en acomodarse en mis brazos. Después de un rato, ya con su cuerpecito moldeado sobre mi torzo y mis piernas, empezó a mirar a la gente. Se quedó ahí, observando, contemplando, interiorizando, le gustaba. Ni siquiera entendía bien a donde íbamos. Qué más necesitaba?
A los menos de diez minutos llegamos. Nos bajamos, llegamos hasta el portón. No había casi nada de gente. Como ya dije, era un día común y corriente. Compramos las entradas, y entramos a lo que yo creía que iba a ser una gran enseñanza. Un día pedagógico. Yo le iba a enseñar los nombres de todos los animales. Ella no iba a poder creer que no eran peluches, eran de verdad! Emocionadísima, se me hinchaba un poco el pecho, tengo que decir la verdad. Que buena niñera era, cuanto cariño le mostraba. Además la estimulación es buena para esto y para lo otro. Lo aprendí en psicología del desarrollo I. La nena iba a salir muy viva.
En qué estábamos? Ah si. Entramos. Había un gran circuito armado para conocer a todos los animales; los gigantescos elefantes, los temerosos leones, los monos locos...
Qué puedo decir? Era más viva de lo que yo pensaba.
La nena miró todo eso con gran atención, le divertía, iba a upa mía. En un momento, cuando estaba un poco cansada la dejé que camine un poco. Unas palomas y unos patos andaban sueltos por ahí. Eran animales simples. Todos alguna vez vimos una paloma o un pato. Ella, todos los días en la plaza.
Se abalanzó sobre ellos, jugaba, los corría, reía. No puedo explicar con que entusiasmo se divertía entre las palomitas. Yo no entendía, eran animales insulsos, porque no mostraba tanto interés con el hipopótamo?
Ella me dejó descolocada aquél día. Me llevó un rato captar la idea. Ella entendía lo que a muchos nos cuesta varias vidas. No hay nada más grande que encontrar grandeza en lo pequeño.
Muy real!!
ResponderEliminarHay que aprender mas seguido de esos enanos y dejar que nos contagien de inocencia y de esa alegria tan simple
Muy bueno maru