Después de unas horitas de recorrerla nos fuimos a almorzar. Al lado, la calle, que emana años de historia, millones de leyendas y cuentos de reyes, infantas y conquistadores (Cristobal Colón está enterrado en esta catedral).
Sevilla es un poema, dulce y ligero. Por eso, después de almorzar conocimos a Manolo. Oriundo sevillano, hace 22 años que trabaja llevando a recorrer a turistas en un coche de caballos, y mientras te lleva te va contando historias, la suya, la de la ciudad, la de sus caballos. Voz ronca y gritón. Simpático y amable. Dimos una vuelta por los lugares más típicos. Una belleza. A las afueras, el cielo está abierto, se plaga de jardines y un río manso bordea la avenida. El sol repica sonriente y el aire acaricia los rostros.
Para terminar, pasamos por el museo de los toros. Una señora nos enseñaba el escenario en donde por añares toreros y toros lucharon por su honor. Ole!
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